Puede que la autoridad se haya convertido en un eje
estructurante de la identidad docente en el origen del sistema educativo otorgada por
la institución Estado, puede que en épocas anteriores el docente se definía en
una posición en relación al saber, elemento que le daba autoridad y prestigio
en la sociedad. Pero más allá de la forma que asuma, es importante, desterrar la idea de que la autoridad del pasado es mejor, y dejar de verla con nostalgia y añoranza. Es necesario hacer un duelo de esa
concepción de autoridad ya que la conceptualización de la autoridad docente,
como constructo social, ha cambiado y lo seguirá haciendo.
La autoridad no es una variante innata. La autoridad
se construye, puede ser sostenida por una institución o por uno mismo siempre
que exista alguien que reconozca esa posición.
Resulta imprescindible
desnaturalizar estas cuestiones y cuestionarnos acerca de qué entendemos por
educación, porque de ello se desglosará el concepto de autoridad docente que portamos.
A mi entender, propongo una autoridad que guíe y no
imponga, que habilite al otro a crear algo nuevo, a ubicarse diferente frente
al mundo, a descubrirlo. Una autoridad que autoriza, que vuelve a los alumnos autores
de sus vidas.
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