sábado, 30 de abril de 2016

¿Escribimos?

Enseñar a escribir tal vez sea una de las más desafiantes y menos discutidas en la escuela primaria. Es común escuchar “estos chicos no entienden” o “no saben escribir”, también se suele hacer responsable al docente a cargo del grupo el año anterior, pero ¿quién hace algo al respecto? ¿Hay un único responsable? Escribir no es una cualidad innata ni se aprende por ósmosis, tampoco tiene relación directa con la oralidad. Es una actividad que requiere intencionalidad.
¿Por qué es desafiante? En parte por la complejidad del proceso y por otro lado por el tiempo y dedicación que le requiere al docente. No solo plantear una propuesta convocante con intencionalidad comunicativa (el para qué escribir), sino también lo que implica seguir el proceso de escritura, teniendo en cuenta que no todos los chicos tienen que trabajar los mismos aspectos ni poseen los mismos recursos para emprender la tarea.
Enfrentarse a una propuesta de escritura no es una actividad sencilla, forma parte de un largo proceso que supone del planteo de ideas, de una planificación, el uso de sucesivos borradores y correcciones previas hasta llegar a la versión final. Ningún texto suele ser publicado sin previas correcciones o de la mirada de otro, siempre hay algo por mejorar o enriquecer.  Ello supone de alguien que acompañe ese proceso y no solo marque hojas, que de herramientas para que, progresivamente, ese alumno se vuelva en un “escritor” autónomo. Un escritor autónomo de textos con un fin comunicativo, no de actividades escolares sin sentido.

Colocar a los chicos en un rol definido con un fin claro y con sentido convoca. Ese es el punto de partida. ¿El punto de llegada? Depende de nosotros, de nuestra intención, seguimiento, creatividad y dedicación que estemos dispuestos a brindar.

viernes, 15 de enero de 2016

No todo fue así, o sí.

Como punto de partida resulta necesario repensar a la escuela y concebirla no como un elemento dado sino como una construcción socio-histórica. La escuela tal como la conocemos no siempre fue así, responde a ciertas ideas y necesidades de época que es importante entender para cuestionar y analizar su formato hoy.
Partiendo del ideal pansófico planteado por Comenio, la idea de pretender enseñar todo a todos fue colaborando, a lo largo del tiempo, a la conformación de lo que diversos autores caracterizan como componentes duros de la institución escolar moderna. Pensar en un colectivo de alumnos, la presencia de un régimen de trabajo, de regulación de espacios y tiempos relativamente homogéneos, la estructuración en forma gradual y simultánea de la enseñanza, son características que hacen a la escuela tal como la conocemos y naturalizamos. Escuela que deja por fuera a aquellos sujetos que no logran “seguir” el ritmo esperable o adaptarse y permanecer en ella, ¿sujetos que “fracasan”?.
Alternativas educativas existen para aquellos sujetos que quedan por fuera. Pero, ¿es necesario que existan?, su misma presencia supone admitir que siempre alguien va a quedar por fuera de ese circuito. Y esa exclusión ¿es culpa del sujeto o de la institución, del sistema?
El formato escolar nos antecede, pero eso no nos prohíbe movernos de lugar, descolocarnos, comprometernos con la tarea y renunciar al confort de limitarse a dar contenidos. Esto implica dejar de pensar al alumno como responsable de sus logros o fracasos, sino situarlo en un contexto con múltiples actores y factores que intervienen en el proceso educativo. Dejar de pensar en un simple receptor.
En la escuela media común se reconoce cierta diversidad pero ¿qué se hace con ello? ¿Se proponen actividades variadas? ¿Se tiene en cuenta al sujeto o se enseña con la misma secuencia a todos como si existiera una receta para la enseñanza? ¿Qué sucede con el sujeto que fracasa? El problema empeora cuando la propia institución estigmatiza a dicho sujeto haciéndolo responsable de ello, haciéndolo creer que verdaderamente no puede aprender.
Es requisito que el docente tenga una mirada integral del chico, constancia en el trabajo, en las propuestas, que lo conozca, preocuparse, construir lugares de pertenencia. Reconocer el peso de la familia, la necesidad de la comunicación, del vínculo. Reconocer a un sujeto cargado con una historia que necesita de cierto entorno para aprender, para valorar lo que hace y ser valorado por otros.
Y no deja de resultar alarmante que a pesar de que, desde la psicología educacional se vivan y reconozcan diversos giros y cambios de paradigmas, desde la escuela se siga teniendo una mirada parcial del sujeto culpabilizándolo por no llegar a lo esperado.
Si se entiende, por ejemplo, desde el giro constructivista, que cada sujeto aprende a partir de lo que ya conoce, que conoce parte de la realidad a partir de sus esquemas y en el aula hay multiplicidad de sujetos con diversos puntos de partida ¿se debe seguir proponiendo un único tipo de actividad? ¿Cómo puedo favorecer a ampliar o complejizar dichos esquemas?
Si reconozco en mi alumno a un sujeto cargado de una historia, con intereses, ¿Tengo que proponer siempre lo mismo? ¿Existe una receta para la enseñanza?.
Resulta imposible no cuestionar al dispositivo escolar actual. ¿Fracasa el niño en la escuela o es la escuela la que fracasa con él?.
¿Existen espacios de debate, para pensar y reflexionar, no solo la práctica sino también el entorno, la estructura en la que esas prácticas son dadas? ¿Se quiere cambiar? ¿Quién cambia?
La escuela no solo debe tener en cuenta la heterogeneidad del grupo con el que trabaja, sino también su contexto, los espacios, tiempos de aprendizaje, las características culturales propias.
Resulta necesario partir de la realidad cotidiana, de las necesidades del alumno, de los problemas con los que convive, las dificultades y fortalezas, para recuperarlo, explicarlo, e intentar promover el cambio. La escuela se pone así al servicio de la transformación social.
Se busca observar críticamente los límites y condiciones que puede presentar el formato escolar para generar aprendizajes en una población heterogénea de alumnos; cómo los criterios de normalidad/anormalidad pueden ordenar las expectativas de rendimiento altamente normalizado y homogéneo; cómo puede variar la ponderación de las posibilidades de aprendizaje de la misma población de alumnos, ante modificaciones de la experiencia educativa, en particular las formas de organización de su régimen académico.

Seguir pensando, no todo está dado.