Como punto de partida resulta
necesario repensar a la escuela y concebirla no como un elemento dado sino como
una construcción socio-histórica. La
escuela tal como la conocemos no siempre fue así, responde a ciertas ideas y
necesidades de época que es importante entender para cuestionar y analizar su
formato hoy.
Partiendo del ideal pansófico planteado
por Comenio, la idea de pretender enseñar todo a todos fue colaborando, a lo
largo del tiempo, a la conformación de lo que diversos autores caracterizan
como componentes duros de la
institución escolar moderna. Pensar en un colectivo de alumnos, la presencia de
un régimen de trabajo, de regulación de espacios y tiempos relativamente
homogéneos, la estructuración en forma gradual y simultánea de la enseñanza,
son características que hacen a la escuela tal como la conocemos y
naturalizamos. Escuela que deja por fuera a aquellos sujetos que no logran
“seguir” el ritmo esperable o adaptarse y permanecer en ella, ¿sujetos que
“fracasan”?.
Alternativas educativas existen para
aquellos sujetos que quedan por fuera. Pero, ¿es necesario que existan?, su
misma presencia supone admitir que siempre alguien va a quedar por fuera de ese
circuito. Y esa exclusión ¿es culpa del sujeto o de la institución, del
sistema?
El formato escolar nos antecede, pero
eso no nos prohíbe movernos de lugar, descolocarnos, comprometernos con la
tarea y renunciar al confort de limitarse a dar contenidos. Esto implica dejar
de pensar al alumno como responsable de sus logros o fracasos, sino situarlo en
un contexto con múltiples actores y factores que intervienen en el proceso
educativo. Dejar de pensar en un simple receptor.
En la escuela media común se reconoce
cierta diversidad pero ¿qué se hace con ello? ¿Se proponen actividades
variadas? ¿Se tiene en cuenta al sujeto o se enseña con la misma secuencia a
todos como si existiera una receta para la enseñanza? ¿Qué sucede con el sujeto
que fracasa? El problema empeora cuando la propia institución estigmatiza a
dicho sujeto haciéndolo responsable de ello, haciéndolo creer que
verdaderamente no puede aprender.
Es requisito que el docente tenga una
mirada integral del chico, constancia en el trabajo, en las propuestas, que lo
conozca, preocuparse, construir lugares de pertenencia. Reconocer el peso de la
familia, la necesidad de la comunicación, del vínculo. Reconocer a un sujeto
cargado con una historia que necesita de cierto entorno para aprender, para
valorar lo que hace y ser valorado por otros.
Y no deja de resultar alarmante que a
pesar de que, desde la psicología educacional se vivan y reconozcan diversos
giros y cambios de paradigmas, desde la escuela se siga teniendo una mirada
parcial del sujeto culpabilizándolo por no llegar a lo esperado.
Si se entiende, por ejemplo, desde el
giro constructivista, que cada sujeto aprende a partir de lo que ya conoce, que
conoce parte de la realidad a partir de sus esquemas y en el aula hay
multiplicidad de sujetos con diversos puntos de partida ¿se debe seguir
proponiendo un único tipo de actividad? ¿Cómo puedo favorecer a ampliar o
complejizar dichos esquemas?
Si reconozco en mi alumno a un sujeto
cargado de una historia, con intereses, ¿Tengo que proponer siempre lo mismo?
¿Existe una receta para la enseñanza?.
Resulta imposible no cuestionar al
dispositivo escolar actual. ¿Fracasa el niño en la escuela o es la escuela la
que fracasa con él?.
¿Existen espacios de debate, para pensar
y reflexionar, no solo la práctica sino también el entorno, la estructura en la
que esas prácticas son dadas? ¿Se quiere cambiar? ¿Quién cambia?
La escuela no solo debe tener en
cuenta la heterogeneidad del grupo con el que trabaja, sino también su
contexto, los espacios, tiempos de aprendizaje, las características culturales
propias.
Resulta necesario partir de la realidad
cotidiana, de las necesidades del alumno, de los problemas con los que convive,
las dificultades y fortalezas, para recuperarlo, explicarlo, e intentar
promover el cambio. La escuela se pone así al servicio de la transformación
social.
Se busca observar críticamente los
límites y condiciones que puede presentar el formato escolar para generar
aprendizajes en una población heterogénea de alumnos; cómo los criterios de
normalidad/anormalidad pueden ordenar las expectativas de rendimiento altamente
normalizado y homogéneo; cómo puede variar la ponderación de las posibilidades
de aprendizaje de la misma población de alumnos, ante modificaciones de la
experiencia educativa, en particular las formas de organización de su régimen
académico.
Seguir pensando, no todo está dado.