Enseñar
a escribir tal vez sea una de las más desafiantes y menos discutidas en la
escuela primaria. Es común escuchar “estos chicos no entienden” o “no saben
escribir”, también se suele hacer responsable al docente a cargo del grupo el
año anterior, pero ¿quién hace algo al respecto? ¿Hay un único responsable?
Escribir no es una cualidad innata ni se aprende por ósmosis, tampoco tiene
relación directa con la oralidad. Es una actividad que requiere
intencionalidad.
¿Por
qué es desafiante? En parte por la complejidad del proceso y por otro lado por
el tiempo y dedicación que le requiere al docente. No solo plantear una
propuesta convocante con intencionalidad comunicativa (el para qué escribir),
sino también lo que implica seguir el proceso de escritura, teniendo en cuenta
que no todos los chicos tienen que trabajar los mismos aspectos ni poseen los
mismos recursos para emprender la tarea.
Enfrentarse
a una propuesta de escritura no es una actividad sencilla, forma parte de un
largo proceso que supone del planteo de ideas, de una planificación, el uso de
sucesivos borradores y correcciones previas hasta llegar a la versión final.
Ningún texto suele ser publicado sin previas correcciones o de la mirada de
otro, siempre hay algo por mejorar o enriquecer. Ello supone de alguien que acompañe ese
proceso y no solo marque hojas, que de herramientas para que, progresivamente,
ese alumno se vuelva en un “escritor” autónomo. Un escritor autónomo de textos
con un fin comunicativo, no de actividades escolares sin sentido.
Colocar
a los chicos en un rol definido con un fin claro y con sentido convoca. Ese es
el punto de partida. ¿El punto de llegada? Depende de nosotros, de nuestra
intención, seguimiento, creatividad y dedicación que estemos dispuestos a
brindar.
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